Muchos años antes de que Netflix, y el resto de plataformas de streaming, lesionaran notablemente la industria televisiva colombiana, y en general las industrias audiovisuales nacionales y locales, Cien años de soledad hubiera sido viable (10 o 20 o 30 años atrás), si no fuera porque a García Márquez nunca le convenció la idea, o por el miedo infundado del sector cultural y empresarial más o menos centralista y reduccionista de este país, de intentar adaptar aquella compleja novela, y de negociar con su brillante y carismático autor… Siendo que en todas partes se ha hecho: esto de pasar al cine sus obras literarias más representativas, piénsese en El viaje a la Luna de Julio Verne y George Méliès, respectivamente, o Fausto de Goethe y F.W. Murnau respectivamente, por solo nombrar dos casos fundacionales y harto conocidos.
Increíble pero cierto es que a muchos nos ha tocado escuchar a intelectualoides andinos (cachacos de Bogotá, Medellín y Cali) demeritar la obra de García Márquez, por una u otra erudita razón (que refuerzan citando a Borges, y acaso a Rulfo) Uno podría decir – pues normal, porque «por los gustos se venden los calambombos»; pero no, la razón seguramente haya sido otra, por la cual la industria televisiva o la incipiente industria cinematográfica nacional NO se le ocurrió acercarse lo suficiente a ese hueso duro de roer que supuestamente era esta obra insigne de nuestro coterráneo y excéntrico Nobel costeño.
Probablemente el temor prejuicioso de adaptar Cien años de soledad al cine (o al menos a la pantalla chica) se debió a una especie de atrofia moral (colonial, provinciana, discriminatoria y conservadora) que nunca reconoció de buena gana la genialidad de esa obra, y la relevancia para la identidad y la memoria de este país. A Gabo tampoco le gustaba la idea de que su obra fuera realizada con una producción deficiente o con un director cualquiera, y mucho menos que fuera adaptada para la televisión. Quizá por eso intentó convencer a Akira Kurosawa para que adaptara su obra El otoño del patriarca, pero el cineasta declinó afirmando que no, dizque “porque en esa obra hacía mucho calor”, y luego, la intención infructuosa para que Kusturica llevara a la pantalla grande esa misma novela.
Mejor dicho, a Gabo no le hubiera gustado mucho la idea de sus hijos Rodrigo y Santiago García Barcha de llevar su obra insigne a Netflix en forma de serie; pero, qué más da, no hay mal que por bien no venga, como sea, la producción de Cien años de soledad es extraordinaria y salió realmente bien y convincente, so pena de un resto de bienintencionados letrados que aún creen (como lo creía el mismo Gabo) que la complejidad de dicha obra era imposible de llevar a la pantalla, como si no se hubieran enterado de la existencia de Sergei Eisenstein quien dijo que cualquier cosa podría ser filmada, incluso el Capital de Marx (o el Ulises de Joyce, a quien por cierto le gustaba y apoyaba esa idea)
Varias imágenes justifican a mi parecer el éxito de Cien años de soledad producida por Netflix. Lo primero que sorprende gratamente es poder reconocer la geografía colombiana, los paisajes, rostros, ropajes y construcciones propios de este increíble territorio, y además, los acentos, los sonidos de los instrumentos y la música característicos de esta vasta cultura, que logra darle un tono íntimo y profundo. Y por otro lado, gran parte del equipo de producción fue colombiano, empezando por el diseño de producción, cuyas escenografías y vestuarios fueron extraordinarias, igual que la fotografía, a cargo de Paulo Pérez.
El casting es estupendo, salvo por José Arcadio al inicio de la serie, en el que cuesta identificarse con el personaje de la novela, por ejemplo, cuando amenaza y mata a Prudencio, y en algún momento cuando lidera el grupo que lo sigue en la aventura de fundar un pueblo cerca al mar. José Arcadio joven es un entusiasta, quizá demasiado ingenuo y volátil para ser el fundador de un pueblo, pero a pesar de ello, ese carácter y esa actuación, luego va ser coherente con la gran actuación de Diego Vásquez como Jose Arcadio Buendía adulto. Ver al muerto Prudencio deambulando por todos lados al acecho de Jose Arcadio y Úrsula, es en verdad una imagen conmovedora, un fantasma que no pretende dar miedo ni tampoco cae en lo ridículo, y al final, antes de la muerte de José Arcadio, ese fantasma, el viejo enemigo del fundador de Macondo, se vuelve trascendental.
Ver y escuchar a la hermosa Úrsula de joven es fascinante, igual que a la fuerte y mítica Úrsula adulta, cuya actuación de Marleyda Soto es formidable, a pesar de los afanes y estándares de la producción televisiva. Otra imagen poderosísima e inédita en el mundo audiovisual es aquella de Rebeca comiendo tierra, la cual sintetiza magistralmente el drama personal de este entrañable personaje, que hace temblar la casa cuando la posee su reprimido y telúrico deseo. Del mismo modo, la imagen de José Arcadio amarrado a un árbol, cuyo tratamiento y actuación es inclasificable dentro de los manidos géneros de la industria audiovisual. Luego, la secuencia de José Arcadio entrando a la diversas habitaciones de la Casa, mirando a través de las ventanas su pasado de niño y de joven, la muerte de Melquiades, entre otras, es bellísima.
El hilo de sangre que le anuncia a Úrsula la muerte de su primogénito José Arcadio, el funeral y la caída de flores amarillas, son imágenes tan poderosas que a pesar de que han poblado nuestra imaginación como lectores, verlas como cinéfilos o simples espectadores distraídos, nos deja embelesados. Por su lado, la transformación de Aureliano Buendía, de ese niño y joven despierto y sensible que pasa el tiempo encerrado en el laboratorio de Melquiades, a un revolucionario coronel, obstinado con enfrentar el statu quo violento de los conservadores, es tan acertada, y esa actuación de Aureliano adulto, interpretado por Claudio Cataño, tan contenida y la vez tan determinante, que parece más un personaje de una película que de una serie, con todo y bigote, que funciona sin duda, pero no deja de ser un tanto cliché.
Cien años de soledad no solo es una gran historia de una familia o un pueblo particular, sino también la representación de un país entero, e incluso, la de un continente; pertenece al espíritu de su tiempo por decirlo de alguna forma, pero a la vez lo ha trascendido, y está vigente. Esta producción de Netflix es una buena ocasión para develar no solo la belleza de la vida cotidiana y esa exuberancia de lo humano que hay en esta obra, sino también las verdades incómodas que subyacen a ella. Hay muchas, pero por lo pronto, basta mencionar dos: la pérdida de la nostalgia del coronel Buendía, al que la guerra convirtió en un autómata, desconocido por su propia madre. Y ya veremos en la segunda entrega, el tratamiento que le den a la llegada del progreso a Macondo, el tren, la industria bananera y la masacre de más o menos tres mil de sus trabajadores.
Con todo, difícilmente encontraremos reparos en la producción de Cien años de soledad, en lo artístico y lo técnico, ha sido un esfuerzo valiente, honesto y eficaz el de todo el equipo para hacer una monumental y atractiva versión; a fin de cuentas es un producto industrial con altos estándares de calidad y un estilo más o menos manierista y homogéneo para un gusto masivo, ávido de nuevas historias y paisajes para consumir. Con esta producción no sólo ganamos los colombianos y latinoamericanos que nos emocionamos al vernos de cierta manera reflejados en la pantalla chica, sino la mismísima plataforma de streaming Netflix, que ha conquistado nuestros corazones, y de paso, nuevos mercados y territorios para explotar.

